Reflexiones sobre por qué ocurre y cómo una educación diferente puede acompañar mejor la infancia.
En los últimos años, acompañando a niñas, niños y familias en distintos procesos educativos, hay algo que se repite con mucha frecuencia:
muchos niños y jóvenes no disfrutan la escuela.
No siempre lo dicen con palabras, en ocasiones aparece como cansancio, desinterés, frustración, resistencia para asistir o una sensación constante de que “algo no encaja”.
Otras veces se manifiesta como inquietud, dificultad para concentrarse o incluso problemas de conducta.
Y entonces surge la pregunta inevitable:
¿Por qué tantos niños, siendo naturalmente curiosos, pierden el gusto por aprender?
Cuando la educación se centra en resultados y no en procesos.
Una de las principales razones que he observado es que el sistema escolar suele poner el foco en los resultados y no en los procesos.
Se espera que los niños:
lean a cierta edad
escriban de determinada forma
comprendan conceptos abstractos
cumplan con contenidos específicos en tiempos definidos, pero pocas veces se revisa si cuentan con las habilidades previas necesarias para llegar ahí.
Antes de leer y escribir, por ejemplo, se necesitan procesos como:
Coordinación motriz
Percepción visual y auditiva
Noción espacial
Atención sostenida
Capacidad de abstracción
comprensión simbólica
Antes de comprender matemáticas, se requiere:
Manipular
Clasificar
Comparar
Establecer relaciones
Experimentar con el cuerpo y los objetos
Cuando estos procesos no se fortalecen, el niño se enfrenta a exigencias para las que aún no está preparado Y cuando esto ocurre de manera constante, aparece la frustración, el desinterés o el rechazo hacia la escuela, no porque no pueda aprender, sino porque no está siendo acompañado desde donde realmente se encuentra.
El cuerpo, el juego y la experiencia como base del aprendizaje.
El aprendizaje infantil no es solo intelectual, es corporal, emocional, social y vivencial.
Los niños necesitan:
Moverse
Tocar
Explorar
Experimentar
Equivocarse
Repetir
Jugar
El juego no es una pérdida de tiempo.
Es la forma natural en que el cerebro organiza la información y construye significado.
Cuando el aprendizaje se vuelve exclusivamente abstracto, acelerado y evaluado, muchos niños simplemente dejan de conectar, no porque no quieran aprender, sino porque su forma natural de hacerlo ha sido desplazada.
El vínculo: una pieza esencial que se ha ido perdiendo.
Otro aspecto fundamental es el vínculo.
El aprendizaje ocurre con mayor profundidad cuando existe:
Confianza
Seguridad emocional
Conexión
Sensación de ser visto y valorado
Hoy en día, muchas escuelas operan bajo una lógica de control, presión y cumplimiento, esto ha ido debilitando el vínculo entre quien acompaña y quien aprende.
Sin vínculo, el aprendizaje se vuelve mecánico, con vínculo, el aprendizaje cobra sentido.
Un niño aprende mejor cuando se siente:
Respetado
Escuchado
Comprendido
Acompañado
No desde el miedo al error, sino desde la confianza en su proceso.
Cuando el niño empieza a resistirse
Cuando un niño:
Se niega a ir a la escuela
Dice que no aprende nada
Se distrae constantemente
Se frustra con facilidad
Se vuelve inquieto o, por el contrario, se apaga…
No está “fallando”, está expresando que algo en su entorno no está respondiendo a sus necesidades reales.
Muchas veces el comportamiento es solo la manifestación externa de algo más profundo:
Dificultad para comprender, exceso de exigencia, falta de sentido o ausencia de conexión.
Aprender no es memorizar; es construir significado
Uno de los grandes errores del modelo tradicional es confundir aprendizaje con acumulación de información.
Aprender no es repetir datos.
Aprender es:
Comprender
Relacionar
Cuestionar
Experimentar
Aplicar
Reflexionar
Cuando el aprendizaje tiene sentido, el niño, el joven, se involucra, cuando no lo tiene, memoriza para aprobar… y olvida después.
Por eso muchos niños que “no rinden” en la escuela pueden pasar horas concentrados construyendo, investigando, creando o resolviendo problemas fuera de ella, ahí sí aparece la motivación, ahí sí aparece el pensamiento profundo.
¿Por qué una educación alternativa puede dar respuesta a esto?
Una de las grandes diferencias de la educación alternativa es que no parte de un programa rígido, sino del niño.
La mirada no está puesta en cumplir contenidos, sino en comprender:
Cómo aprende
Qué necesita desarrollar
En qué etapa se encuentra
Qué lo motiva
Qué lo bloquea
Esto permite acompañar procesos reales, no forzar resultados.
En una educación alternativa, no se deja de ver a la persona por priorizar el método, no se le pide cambiar su personalidad para encajar, no se le mide con el mismo parámetro que a todos, no se le exige llegar a un punto específico en un tiempo determinado…
Se le acompaña a reconocer sus fortalezas, aidentificar lo que necesita trabajar, a aprender de sus errores, a valorar sus avances, a confiar en sí mismo.
Aquí el error no es un fracaso, es parte del proceso, aquí el aprendizaje no es una carrera, es un camino.
El valor de sentirse visto y aceptado.
Cuando un niño se siente aceptado tal como es, ocurre algo muy importante, se atreve a intentar, y cuando se atreve a intentar, aprende.
No necesita compararse.
No necesita competir.
No necesita demostrar nada…
Solo necesita un entorno que le permita explorar, equivocarse, reflexionar y volver a intentar.
Eso construye autoestima real, no basada en calificaciones, sino en experiencia.
Una educación que acompaña, no que moldea
En una educación alternativa, el rol del adulto cambia, ya no es quien impone, sino quien acompaña quien observa, escucha, orienta y sostiene.
El objetivo no es formar niños obedientes, sino personas capaces de:
Pensar por sí mismas
Tomar decisiones
Responsabilizarse de su proceso
Convivir con otros
Aprender durante toda la vida
¿Cómo acompañamos estos procesos en Crecer Verde?
En Crecer Verde partimos de una idea muy clara, cada niño es distinto, y su proceso de aprendizaje también lo es.
No trabajamos desde un programa rígido ni desde un modelo que busque que todos avancen al mismo ritmo. Acompañamos procesos vivos, reales, que se construyen en relación con la persona que aprende.
1. El niño como centro del proceso
Observamos cómo aprende, qué le interesa, qué le cuesta y qué necesita fortalecer.
2. Aprendizaje desde la experiencia
El aprendizaje ocurre a través de proyectos, exploración, juego, investigación y reflexión.
Antes de lo abstracto, está lo concreto.
3. Procesos, no resultados
No comparamos, no forzamos, no aceleramos.
Acompañamos a cada niño a reconocer sus avances y a construir conciencia de su aprendizaje.
4. El error como parte del camino
El error no se castiga.
Se observa, se comprende y se transforma en aprendizaje.
5. El vínculo como base
Cuidamos la relación, el clima emocional, la escucha y la presencia.
Sin vínculo no hay aprendizaje profundo.
6. Autonomía acompañada
No se trata de “dejar hacer”, sino de acompañar con estructura flexible, guía y confianza.
7. Una comunidad que sostiene
El aprendizaje ocurre en comunidad: entre niños, familias y acompañantes.
Aprender a convivir es tan importante como cualquier contenido académico.
Para cerrar…
Si tu hijo no disfruta la escuela, no significa que algo esté mal con él, tal vez lo que ocurre es que:
Su forma de aprender no está siendo comprendida
Sus procesos no están siendo respetados
Su curiosidad no está siendo nutrida
La buena noticia es que existen otras formas de educar, formas que ponen al niño en el centro, que respetan sus tiempos, que fortalecen su pensamiento y que cuidan el vínculo.
A veces, el mayor acto educativo no es exigir más,
sino mirar distinto… Y acompañar mejor.